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Nuestros privilegios y sus privilegios

Esta semana, a la llegada al aeropuerto de Nouakchott, Mauritania, todas las personas se arremolinaban alrededor de las taquillas en las que sellan el pasaporte. La gente rellenaba los papeles de entrada en el país a toda prisa para no quedar atrapados en una cola que puede durar horas. Algunas y algunos mauritanos, los que conocen a alguien que trabaja allí o son personajes conocidos entre el personal del aeropuerto, (o pagan una propina) pasan al despacho individual y no esperan cola. Son los privilegiados de Mauritania.

Muchos de los occidentales que nos encontrábamos esperando empezaron a comentar la jugada, como suele ser habitual, recordando la enorme corrupción que existe en este país. “Cómo unos pocos pueden pasar por delante del resto con las colas que se forman…” Sin embargo, a mi me llamó la atención que despotricaran contra este hecho en el aeropuerto de Nouakchott y a nadie le pareciera extraño que tan sólo unas horas antes, en el aeropuerto de Barajas, los clientes de Iberia Plus, VIPS y primera clase, pasaran por delante de nuestras narices sin esperar cola. Son los privilegiados de occidente.

¿Hay alguna diferencia entre lo que sucede en un país y en otro? ¿son tan diferentes las formas de funcionar? ¿Son tan corruptos estos países como parece? Este es un ejemplo que representa muy bien la forma que tenemos los occidentales de opinar y pasearnos por África.

La visión eurocentrista de muchos occidentales que viajan en sus lustrosos todo-terreno por las calles africanas, cooperantes, miembros de Naciones Unidas, Unión Europea, agencias internacionales, es sesgada. Tenemos muy asumido que el dinero puede pagar cualquier privilegio. Pero además debe de estar regulado y ser accesible a todos (los que puedan pagarlo) o simplemente ser un privilegio que tenga el visto bueno de nuestro mundo o nuestras agencias. De hecho, es el dinero el que nos da el privilegio de estar en África, de darles lecciones y de enseñarles cómo deben desarrollarse. Somos mejores, es decir, menos corruptos. Como recordaba Edwar Said en el Orientalismo, los colonos ingleses, que también eran mucho mejores que los colonizados, retiraban a sus diplomáticos de los países antes de cumplir los 50 años, para transmitir una imagen de los blancos de juventud y de personas llenas de vitalidad. Hoy en día es el dinero lo que marca las diferencias y puede convertir cualquier privilegio en aceptable. No basta con ser mejores. Además hay que parecerlo, así que, si disfrutamos de los privilegios, hay que conseguir que sea legal, lo cual no es muy complicado.

Otro ejemplo. Todavía recuerdo la odisea de tres días de esperas y frustraciones que tuvimos que vivir para conseguir la tarjeta de residencia mauritana en el mes de junio. Un programa de control de la inmigración, financiado por la Unión Europea en Mauritania, obligó a que, en menos de dos meses, todos los extranjeros del país, se presentaran en la comisaría central de Nouakchott para obtener la tarjeta de residencia tras varios procesos burocráticos insufribles, largas horas de espera y el pago de 70 euros. Si pagabas dinero a los policías podían tramitar los papeles en poco tiempo. Muchos mauritanos lo hacían. Pero lo que más curioso me pareció es encontrarme a muchos europeos que trabajan en ongs, con proyectos que pretenden luchar, entre otras cosas, contra la corrupción, pagando a quién hiciera falta por no esperar las colas. No pasa nada. No es corrupción, es un servicio técnico. Se paga a alguien para que haga un servicio. Estos servicios, que utilizan los europeos a diario en Mauritania para “facilitar procedimientos”, y quienes pueden presentarte una factura con todas las de la ley, son la limpieza de conciencia de los mismos blancos que critican a diario la corrupción mauritana.

Yo esperé durante tres días en la fila de los negros, con senegaleses y guineanos, viendo como cientos de personas pasaban con su contacto local delante de nuestras narices retrasándonos horas a las personas que no pagamos. Me regocijaba saber que mi presencia en la fila de los pobres, les hacía sentir mal a los blancos que llegaban y pasaban por delante de todos nosotros. Un italiano, trabajador de una ONG dedicada a los derechos humanos  y que conozco bien, pasó por delante de nosotros con la cabeza gacha, con cara de culpable y no tuvo agallas de saludarme, se sitió muy mal y se notaba. Lo que más rabia me dio, además de olvidarme un libro de lectura, fue saber que estos tipos no hubieran bajado la cabeza si no hubieran visto un blanco esperando con todos los demás negros. Porque en la cola sólo había negros. Y ya sabemos… en Mauritania, los blancos tenemos privilegios sobre los negros y no pasa nada por hacerlos esperar, un blanco no puede perder tres días de trabajo, el trabajo de un negro vale menos. Y esa diferencia se paga. El privilegio del dinero. Nuestro privilegio. Un privilegio totalmente legal y no su subdesarrollada corrupción.

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