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El último día de Jacques Derrida

Derrida-by-Pablo-Secca8 de octubre de 2004. El viejo Jacques Derrida se reclina en su cama. Es consciente de que ha llegado su día. Ya no tendrá un mañana. No sabe nada de dónde irá porque nunca encontró a su mesías. Sabe que quedará su presencia en el mundo a través de sus escritos y eso le calma por un momento. Es algo que suele pasarle a los escritores que se sienten eternos. Su eternidad está basada en ilegitimar la eternidad de muchos. Esto también le alivia.

Mira por la ventana, se acuerda de su juventud, de sus pasiones y de lo que le hizo acercarse a la filosofía. Quería cambiar el mundo. Dejar un legado. Sabe que ha dejado una gran obra, que escribió mucho, que deconstruyó lo que muchos inconscientes habían creído absoluto. En eso consiste el trabajo de un filósofo, pensaba él. Eso, cree él,  al menos estuvo bien hecho. Lo hizo porque así lo sentía, así pensó.

Pero no entiende qué ha pasado. Se siente mal. El desazón le aflige desde hace unos años. Derrida no está contento, está triste. El mundo que observa por la ventana no le gusta. El mundo que observa le gusta todavía menos que el mundo de su juventud, el mundo que le hizo moverse, estudiar, vivir… Y Derrida no entiende por qué. No entiende del todo lo qué ha pasado. Ya hace unos años que dio algunos pasos hacia atrás y quiso recuperar conceptos ideconstruibles de los escombros de la modernidad. Explicó bien por qué hay ciertos conceptos ideconstruibles. Pero no es capaz de creérselo  ni él mismo del todo, con su propia “différence” que ya había caído en en una no-lógica ideconstruible. Su última década de vida ha estado marcada por una culpa idecontruible. Una sensación que no le dejaba dormir bien. Algo no le cuadraba cuando miraba al mundo. Fue entonces cuando habló incluso de reconstruir a Marx. Al menos una parte, un poquito. Pensó que quizás así podría parar a sus entusiastas seguidores norteamericanos que ya habían puesto en marcha una maquinaria del saber encargada de “construir” un castillo filosófico que vertebra el mundo actual tal y como “es”, tal y como evoluciona, el sistema que nos toca, este tiempo, la muerte de la ideología, el fin de los tiempos.

Derrida se siente fatal su último día, no entiende por qué todo ha salido tan mal. El viejo siempre creyó en lo que hizo. Quería cambiar el mundo y lo cambió. Pero ahora siente que no ha estado bien dejar que todo se hunda en los mares del flujo infinito del lenguaje en el mundo actual. Demasiada muerte quizás. Ya no sabe qué hacer el viejo Derrida. No sabe dónde se equivocó. Es su último día en una bonita casa de París  El sol brilla. Se le va la vida, se le va el lenguaje tras un suspiro y siente que todo lo que ha escrito no vale nada, porque el mundo se muere.

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